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Sin el Negro no es lo mismo

“Permítame decirle que sin el Negro no es lo mismo. Usted sabe bien: Cuando un equipo pierde la figura principal de la cancha, de a poco se va apagando y luce de un opaco grisáceo. Por eso, yo al Negro lo vi haciendo esos firuletes maravillosos, como si en el fútbol se pudieran percibir en los jugadores los saltos de los bailarines clásicos en los teatros. Pero vea, una cosa está también más que clara, no le busquen reemplazante, porque no lo van a encontrar. Ni se atrevan a pensar que podrán conseguir a uno igual que él”

Allí está ese punto de Santa Fe y Sarmiento, a unas cuadras del Paraná, erigido en una mezcla de la antigüedad de su edificio y la modernidad de sus reformas. Allí, de altos vidrios, alumbrando demasiado los colores sepias, se encuentra el lugar mítico, que vaya a saber cómo, de qué manera, se le ocurrió al humorista comenzar a hacerlo una base propia. Por comodidad, por paso obligado, por ganas de establecerse en el café que en su momento más lo atraía se colocó en la silla de madera lustrada que se fue rodeando de unos pocos amigos. El bar El Cairo de Rosario es un lugar que ahora reúne condiciones “turísticas”. Es decir: “Voy a Rosario y me tomo un café en El Cairo”; como cuando en Córdoba decimos: “Nos comamos algo en la Sorocabana”; como cuando en Buenos Aires es una parada obligada “visitar al Tortoni”. Eso es El Cairo, pasar a verlo al Negro, pero imaginariamente. Estar allí tiene aún su mística especial. Mucha madera, apliques retro, algún vitró en un rincón, unas paredes de pintura desteñida a propósito, chocan con algunos TV plasmas. La geografía visual indica que hay que detenerse en la isla del lugar, un cuadrado formado por unas barras, donde proliferan las botellas a medio llenar, la caja donde tickea el encargado y hacia arriba, una muestra fija de gigantografías colgadas con Fontanarrosa, con Mendieta, Inodoro Pereyra, Boggie, y esas miradas de cowboy del más Canalla hincha de Central. “100 % Negro” es la leyenda ya clásica que encierra la representación ornamental. Más abajo, en una columna, el retrato ya reciente de sonrisa sexagenaria. En un rincón, en una punta, una enorme biblioteca muestra toda la bibliografía del escritor y humorista con apéndices de la cultura rosarina, bajo la pluma de algunos otros escritores locales.


(Fragmento de un artículo del 16/12/2007)